Ya pasé la mitad de mis vacaciones en Vancouver. Mostré mis películas a varios de ellos y la recepción es siempre buena y entusiasta. Estos amigos de esta ciudad que me cobijaron en el año 2002 cuando, huyendo de la crisis argentina y de mis miedos de los 20, me dieron refugio y amor.
Hoy vuelvo y les muestro orgulloso, como un estudiante secundario que muestra su diploma, mis películas. Y ellos me miran orgullosos como el chico que salió al mundo e hizo un buen trabajo.
Cuando uno vive un tiempo en otro lado y hace amigos deja una vida en ese lugar. Es como si una parte de nuestro ser siguiera viviendo, respirando, creciendo en ese lugar.
Acá me reencuentro con fragmentos de esa vida que dejé.
Una vida que no está nada mal. De hecho, es una vida llena de vidas.